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La metadona es un fármaco opioide sintético controlado por las autoridades sanitarias de distribución restringida. Su presentación general es en forma de polvo blanco cristalino de sabor amargo, soluble en agua y alcohol; está disponible en diversas concentraciones y formas: comprimidos, supositorios, autoinyectables y líquida. Posee actividad analgésica, con capacidad para la supresión del síndrome de abstinencia agudo de opiáceos (SAO) y bloqueo del efecto de la heroína. Su eficacia queda garantizada a través de la administración oral, teniendo una vida media entre las 24 y 36 horas. Hoy por hoy dada su efectividad en la contención del SAO y aislamiento de los efectos de la heroína, su vida media y efectividad tras vía oral, es el medicamento mundialmente más utilizado para el tratamiento de la adicción a opiáceos.
Su origen se remonta a los años 40 y fue desarrollada por laboratorios alemanes durante la II Guerra Mundial, con objeto de hacer frente a la escasez de analgésicos del momento. Es en 1947 cuando aparecen publicados en el Journal American Medical Association (JAMA) los primeros resultados sobre su utilización como tratamiento del síndrome de abstinencia de la morfina. Posteriormente fue introducido en USA para el tratamiento adicciones a opiáceos desde donde se continuó con su desarrollo e investigación. Su reconocimiento mundial como fármaco para el tratamiento de dependencia a heroína se inicia tras estudios realizados durante la década de los 60, considerándose a Dole y Nyswander (Dole y Nyswander 1965) como los más importantes precursores de este tratamiento.
Los programas con metadona se insertan dentro de los denominados Programas de Sustitución. Dichos programas consisten en el reemplazo del uso de una sustancia ilícita, causante de la adicción, por otra sustancia de principios similares, lícita y controlada por las autoridades. Los fundamentos que articulan estos programas son la reducción de daños a través de la administración de una sustancia lícita aprobada tras diferentes controles y examenes.
En la actualidad, los programas con metadona se ha convertido en uno de los métodos más importantes para la desintoxicación y/o deshabituación de la adicción a opiáceos, fundamentalmente de la heroína. Dentro de los tratamientos de sustitución, es de igual modo el más estudiado y extendido. Diferentes estudios avalan su eficacia, considerándolo además con implicaciones menores en el estado de salud de sus consumidores/as a medio y largo plazo.
Por otro lado, como tratamiento farmacológico de drogodependencias que es, siguiendo a Annie Mino (Mino, 1994), posee los siguientes objetivos generales compartidos:
- Tratar la intoxicación o la desintoxicación.
- Disminuir los efectos subjetivos positivos de las drogas.
- Provocar la aversión o bloquear los efectos de las drogas.
- Establecer una estrategia de sustitución por una sustancia psico-activa controlada.
- Tratar los problemas de comorbilidad somática o psiquiátrica.
Los programas farmacológicos de sustitución para el tratamiento de la adicción a opiáceos son diversos, dividiéndose estos fundamentalmente en dos tipos atendiendo a su actividad: los agonistas, caso de la metadona (agonista puro), buprenorfina (agonista parcial) y el LAAM (levo-alfa-acetilmetadol); y los antagonistas, la naltrexona y la naloxona.
En la actualidad, los programas de metadona quedan integrados dentro de los denominados de reducción de daños y riesgos, atendiendo a una definición amplia:
"Las estrategias de reducción de riesgo en drogodependientes pueden definirse, globalmente, como el conjunto de medidas socio- sanitarias individuales y colectivas, dirigidas a miniminzar los efectos físicos, psíquicos y sociales negativos asociados al consumo de drogas". Mino, A. Evolution de la politique de soins en matière de toxicomaniea: la rèduction de risques. Genova. 1993.
Aunque con variaciones regionales y entre países importantes, es durante la década de los 80 cuando comienza a adoptarse esta política de reducción de daños y riesgos en las actuaciones dirigidas hacia poblaciones drogodependientes (Markez y Póo 2000). Se produce una reformulación de los modelos de intervención/ atención. Con anterioridad, los planteamientos y programas de actuación habían surgido de discurso médico -sanitarista y el jurídico, donde los destinatarios de dichas intervenciones eran considerados como enfermos/as y delincuentes, cualquier intervención estaba únicamente dirigida a la abstinencia como objetivo principal dentro de programas "libres de drogas" o también llamados de "tolerancia cero". La consideración de los usuarios/as como un colectivo homogéneo y la identificación de necesidades y demandas análogas en todos ellos/as, orientaba el abordaje de conductas adictivas hacia la total abstinencia para todos/as como objetivo inflexible. (Trujols 1999). La prescripción de un tratamiento de sustitución se entendía como una primera fase transitoria que culminaba en un programa libre de drogas.
Dados los escasos logros conseguidos con la aplicación práctica de estos principios, y muy unido a la propagación del SIDA/ VIH, ligado a la extensión las prácticas de venopunción por un contingente importante de usuarios/as de drogas, y por consiguiente, el deterioro en el estado de salud de éstos, se comenzó a cuestionar el modelo vigente de intervención. La epidemia del SIDA/ VIH se convierte en un verdadero catalizador hacia las políticas de reducción de daños (Mino 1994). Todo ese replanteamiento del estado de la cuestión obliga a dar paso al modelo actual de reducción de riesgos y daños, el cual parte de una serie de principios:
- Aceptación del consumo de sustancias psicoactivas como un hecho universal. (CCSA 1996; Harm Reduction Coalition, s.f.)
- Respeto de la decisión de los usuarios/as de drogas sobre su consumo, reconociendo su capacidad, competencia y responsabilidad (CCSA 1996)
- Centralidad de la atención sobre las consecuencias y efecto de determinadas formas de uso y consumo de drogas (Marlatt 1998) (Des Jarlais et al. 1993).
- Consideración de consumo de sustancias psicoactivas como un fenómeno complejo y multidimensional (Newcombe 1992), y por lo tanto, de repercusiones sobre el consumidor/a, su red y entorno social (De Andres 1998), produciendo daños no solo sobre la salud, sino también en otros aspectos como son los sociales y económicos.
- Desigualdades sociales y discriminación en sus múltiples formas, como elementos que afectan a la vulnerabilidad de las personas y a la capacidad de éstas en la reducción de daños y riesgos (De Andres 1998; Harm Reduction Coalition, s.f.)
- Impulso de la participación de los usuarios/as de drogas en el diseño de actuaciones de intervención, en la reducción de daños asociados al consumo así como la actuación de éstos como agentes de salud a través de una colaboración horizontal entre usuarios/as y profesionales (De Andres 1998; Des Jarlais et al. 1993; De Andrés y otros 1996; Markez y Póo 2000; Erickson et al. 1997; Harm Reduction Coalition, s.f.).
Los objetivos generales de estos programas de reducción de daños y riesgos son (O'Hare et al. 1992):
- Reducir la mortalidad y la morbilidad.
- Prevenir las enfermedades infectocontagiosas.
- Mejorar la calidad de vida.
- Incrementar la accesibilidad y el contacto entre las redes asistenciales y los drogodependientes.
Siguiendo nuevamente a O'Hare, la introducción de esta perspectiva supone un tratamiento más humano, con unos claros objetivos sociales y sobre todo, con una mayor eficiencia que el modelo anterior. Los objetivos se centran en el estado de salud de los usuarios/as y la mejora de su realidad en términos psicosociales, por tanto desde esta política de intervención se trata de priorizar las actuaciones hacia la disminución de daños y riesgos asociados al consumo. Parte de una concepción más individualista, donde se reconoce que un determinados número de usuarios/as de drogas no puede o no quiere abandonar su consumo de sustancias por completo, y avanza hacia un planteamiento más realista y pragmático, dejando a un lado la anterior pretensión de abstinencia para todos.
Desde esta perspectiva el toxicómano/a es tratado como un agente activo, responsable de sí mismo y persona competente, y por lo tanto, con capacidad de llevar a cabo acciones dirigidas hacia la prevención ("health consciuos drug user"). La política de reducción de riesgos conlleva un avance sustancial sobre los anteriores planteamientos de los programas libres de drogas, los cuales dotaban al toxicomano/a como alguien inconsciente y falto de toda racionalidad ("suspension of rationality") (Mino 2000; Trujols 1999).
Las políticas asistenciales en drogodependencias en los últimos años y fundamentalmente durante toda la década de los 90, han ido dirigidas al consumo/ abuso de opiáceos; en Europa este hecho queda señalado con el amplio desarrollo experimentado por los tratamientos con metadona. La aplicación y extensión de este recurso terapéutico ha llevado asociado la mejora en la calidad de vida de los usuarios/as y de su estado de salud, la reducción de la criminalidad en delitos relacionaos con el consumo problemático de drogas (robos, hurtos, atentados contra la salud pública, principalmente), entre otros aspectos.
La elevada difusión actual de los PTM así como su accesibilidad, constituyen a esta intervención en el recurso paliativo estrella (Markez y Póo 2000). La alta efectividad así como la alta retención que registra frente a otros tratamientos (Caplehorn 1994, 1996; Rosenbach y Hunot 1995; Duro y Casas 1995; Colom 1997) a un bajo coste, lo convierten en una herramienta más que válida para el tratamiento de la adicción a opiáceos.
Unión Europea
La expansión de este tipo de tratamiento en la Unión Europea ha llevado un ritmo desigual. Si bien algunos países desde la década de los 60 dicho programa se encontraba ya disponible, caso de Dinamarca, Holanda, Suecia y Reino Unido, en otros lugares la espera fue algo mayor.
Durante la década de los 90 se produce una rápida expansión en la provisión de programas de sustitución en todos los países miembros de la Unión Europea, excepto en Dinamarca y en Holanda, lugares donde este tipo de intervenciones se habían desarrollado de forma previa. Para el caso de Alemania, España y Francia, este impulso ha sido notable; de igual modo en Grecia, Luxemburgo y Finlandia, este avance ha sido un hecho importante debido al bajo nivel previo existente en la oferta de este tipo de tratamientos (EMCDDA 2000). La expansión de este fenómeno aparece muy ligada a la propagación del SIDA/VIH. A modo de ilustración, se estima que en los 90, en España y en Italia, más del 60% de los casos de SIDA se concentraban en usuarios/as de drogas inyectadas.
La extensión de la adicción a la heroína se corresponde con los años 70 y 80. La actuación y respuesta de cada país ha estado acorde con sus circunstancias políticas, sociales y culturales. Probablemente por factores políticos y geográficos, para los casos de Grecia, España, Portugal y Finlandia, la extensión y generalización del consumo de heroína como problema de drogodependencias severo, se produjo más tarde.
En la actualidad, algo más del 90% de los tratamientos de sustitución para el tratamiento de la adicción a opiáceos en la Unión Europea lo constituyen los programas de metadona, con excepción de Francia donde prevalece la prescripción de buprenorfina. Según diferentes aproximaciones, en la UE son 300.000 personas las que toman metadona, unas 180.000 en USA y 20.000 en Australia. Aunque los tratamientos con metadona se encuentran bastante extendidos en el mundo, es en Europa, Norte América y Australia, los lugares donde el despliegue a sido mayor.
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