Una sociedad cuidadosa

RESEÑA

Por: Juan Mata Anaya 

 

A propósito de una pregunta aparentemente irrelevante, pero de una profunda significación, “¿Para qué sirven los niños?”, el filósofo Santiago Alba Rico da una respuesta que me conmueve mucho. Dice que los niños sirven “Para cuidarlos, es decir, para volvernos cuidadosos”. No dice que sirvan para hacernos ‘cuidadores’, que parece más una función o una profesión que una actitud, sino ‘cuidadosos’, que define más un modo de estar en el mundo, de mirar hacia y por los demás.

Ser cuidadoso va más allá del ejercicio de una tarea asistencial. Es una cualidad que requiere atención y voluntad, un talante decidido y consciente. Interesa saber que el verbo “cuidar” deriva de la palabra latina “cogitare”, que significaba pensar, meditar, discurrir, planear. Y con ese sentido se usó durante cientos de años. Pero hubo un momento, hacia el siglo XVI, cuando la lengua española alcanzaba su madurez, en que “cogitare” pasó a significar también “prestar atención” y de ahí derivó hacia “asistir o cuidar de algo o de alguien”. Todavía, en el siglo XIII, en el “Cantar de Mio Cid” se utilizaba el término “cuidado” como sinónimo de pensamiento penoso o preocupación (“Sospiró mio Cid, ca mucho avié grandes cuidados”). Resulta significativo que cuidar y pensar tengan una ascendencia común. A fin de cuentas, cuidar es una forma de pensar en los otros, de la misma manera que pensar con atención en los otros es ya una manera de cuidarlos.

Una persona cuidadosa, una sociedad cuidadosa, está atenta a los demás, procura su bienestar, pues sabemos que los seres humanos somos frágiles y estamos necesitados de cuidados. Todos somos dependientes en mayor o menor grado. Eso lo entendemos bien cuando pensamos en los bebés y en los ancianos, los extremos de la existencia humana. Sabemos que en ambos casos los cuidados son el modo de asirlos a la vida, de mantenerlos con vida. Los cuidados dan valor a sus vidas, precarias en ambos casos, aunque por distintos motivos. Los cuidados son formas de consideración, de reconocimiento de una humanidad que, en el caso de los bebés, tiene que ver con la esperanza y en el caso de los ancianos con la gratitud. Cuidamos a los bebés porque son nuevos en el mundo y esperamos que alcancen la plenitud y la fortuna y cuidamos a los ancianos como un modo de restituir las atenciones que nos prodigaron en su día. Y es la fragilidad de sus cuerpos lo que en ambos casos evidencia nuestra condición de seres necesitados. Entre el nacimiento y la decadencia, los cuidados nos mantienen no solo con vida sino con dignidad y confianza. Esa es la osamenta de la existencia, una sucesión de cuidados que eviten dañar la vida o hacerla insufrible.

 

©Rod Long on Unsplash

 

Quisiera pensar que la covid-19 ha servido (o quizá sea mejor decir: debería haber servido) para hacernos más conscientes de la significación de los cuidados, para hacer sociedades más cuidadosas. Lo que la pandemia ha puesto de manifiesto es la necesidad —y la debilidad a la vez— de una política de los cuidados. Hemos sido testigos impotentes de las penurias y el hambre de cientos de niños y jóvenes a nuestro lado, de la muerte solitaria de adultos y ancianos, y esa calamidad debería hacernos comprender que no podemos sobrevivir en una sociedad dominada por la desatención y el desamparo. Y aunque el coronavirus puede atacar a todos los cuerpos por igual, es indudable que las personas más vulnerables y desprotegidas suelen ser las víctimas más habituales. Por eso, los cuidados tienen que ver con el humanitarismo, la compasión y la fraternidad.

Los cuidados, sin embargo, no solo son necesarios en caso de una crisis sanitaria. Los efectos devastadores de la pandemia van más allá de la infección y la enfermedad. Durante estos meses, muchas personas han perdido su trabajo y la esperanza de recuperarlo, han aumentado dolorosamente las colas ante las organizaciones que reparten alimentos, demasiados ciudadanos han necesitado ayuda para pagar los alquileres o los recibos del agua y de la luz, el aumento de la pobreza ha seguido su curso imparable… Es ahora, en esta situación catastrófica, cuando debería emerger una sociedad verdaderamente cuidadosa, una sociedad que primara lo público, lo común y lo universal por encima del beneficio privado, la rentabilidad económica o la explotación de las personas. El ingreso mínimo vital, en cuyo rechazo han coincidido extrañamente obispos católicos, empresarios o políticos ultraderechistas, pero también ciudadanos progresistas con el argumento de que ello favorecerá a pícaros y holgazanes, es una expresión, si bien modesta, de una sociedad de cuidados. Una sociedad cuidadosa debería en adelante hacer posible una verdadera conciliación entre el trabajo y la familia, garantizar la calidad y la expansión de la sanidad pública (más personal sanitario, más servicios, más centros de salud) y la educación pública (más profesores, más escuelas, menos alumnos en clase), a impulsar y extender los servicios sociales, a promover empleos estables, bien remunerados y respetuosos con el planeta, a favorecer la cultura y la investigación científica y tecnológica… Es decir, todo aquello que ayuda a sostener y dignificar la vida humana, todo aquello que menosprecia el desbocado capitalismo que nos asola. Los cuidados no son otra cosa que expresiones de la solidaridad, la equidad, la inclusión y la justicia.

Los cuidados, sin embargo, no solo afectan al ámbito de la salud o la protección social. También deberíamos tenerlos presentes en las relaciones con los demás, tan infectadas en los últimos tiempos de intransigencias, menosprecios, injurias, descalificaciones, bulos… Este es un campo en el que deberíamos ser especialmente cuidadosos a fin de evitar daños innecesarios, incluso irreparables. Los cuidados en este sentido tienen que ver con la importancia de la convivencia y el entendimiento.

Los cuidados nos comprometen, nos vinculan, convierten un “yo” en un “nosotros” y por ello deberíamos verlos como un derecho y no como un favor, como una forma más racional, considerada e integradora de organizar la sociedad.

 


Juan Mata Anaya es Profesor de la Universidad de Granada


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6s comentarios

    1. Buenos días, José Luis.
      Acabo de descubrir, casi tres meses después, estas palabras tuyas tan atentas y generosas. Lamento el descuido. No sabía que estaban publicadas. Rectifico ahora la desatención pidiéndote disculpas y dándote las gracias más sinceras. Me alegra de veras que el texto haya generado en ti tanta fuerza y ánimo.
      Un fuerte abrazo.

      1. Buenos días, Rafael.
        Aunque tarde, pues no sabía que había comentarios en esta publicación, te doy las gracias por tus siempre amistosas y amables consideraciones hacia mí.
        Un abrazo.

    1. Buenos días, Mercedes.
      Ignoraba que tus palabras estaban publicadas aquí. Siento no haberlo sabido antes y, en consecuencia, te pido disculpas por la falta de respuesta a tus afectuosas palabras. Te escribo ya desde el frío otoñal, de manera que espero que mis palabras de agradecimiento te lleguen ahora envueltas en calor.
      Gracias y un abrazo.

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