Del confinamiento a la desescalada: Efectos en infancia y adolescencia

RESEÑA

Por: Olga Leralta, Jaime Jimenez-Pernett, Ainhoa Rodríguez, Silvia Toro y David Gómez

 

Pese a que niños, niñas y adolescentes tienen menos probabilidades de enfermar gravemente y morir a causa del nuevo coronavirus, sus actividades habituales implican una gran movilidad que involucra también a sus familias. Para evitar esa movilidad, una de las medidas adoptadas durante esta pandemia ha sido el cierre de los centros educativos y un confinamiento en términos muy restrictivos que podría afectar de manera más drástica a la infancia que a los adultos.

Una revisión rápida de la literatura científica ha identificado 3 artículos que evalúan los efectos de este tipo de medidas en menores y sus familias, señalando efectos en la salud mental. Según Sprang y Silman (2013), cerca de un tercio de menores que experimentaron aislamiento o cuarentena mostró síntomas similares al estrés postraumático. Los resultados de una reciente revisión de Brooks et al. (2020), apuntan en la misma dirección. Por el contrario, Effler et al. (2010) reporta una encuesta en la que el 90% de progenitores afirmaba que el cierre de centros educativos no había provocado ansiedad en sus hijos e hijas. Aunque el 55% aseguró que dicha medida causó un impacto moderado o grave en las rutinas familiares, y el 45% tuvo que faltar al trabajo por esa causa.

En nuestro contexto, la Universidad del País Vasco ha llevado a cabo una encuesta online (entre el 4 y el 11 de abril) sobre los efectos del confinamiento en familias con menores entre 3 y 12 años, destacando las condiciones de vida como determinante del impacto en la salud. Una cuarta parte de la población entrevistada no disponía de espacio exterior al que salir en su vivienda; ¼ de menores pasa 6 o más horas delante de pantallas; un 20% no está realizando apenas ejercicio físico y casi la mitad ha visto deteriorada su salud emocional durante el confinamiento.

Pocos son los estudios que han realizado el esfuerzo de preguntar directamente a niñas y niños. Los resultados preliminares de Infancia Confinada (Martínez, Rodríguez y Velásquez, 2020) apuntan a sentimientos derivados de esta situación de confinamiento como el aburrimiento (62% de una muestra de 425 personas de entre 8 y 17 años), la preocupación (37%), la tristeza (28%) y el miedo (16%).

Estos hallazgos nos invitan a anticipar un impacto negativo, sostenido en el tiempo, sobre la salud infantil y adolescente derivado principalmente de: actividad física insuficiente, patrones irregulares de sueño, aumento de peso, sobre-exposición a pantallas y dispositivos móviles, o falta de exposición a luz solar. Además, como consecuencia del aislamiento social, puede aparecer ansiedad y tensión entre miembros de la familia debido a la falta de espacio personal en el hogar, así como estrés ante la nueva modalidad de deberes escolares y aprendizaje autónomo en casa. Antes de la pandemia por COVID-19, la evidencia ya apuntaba que un mayor tiempo de pantallas y una mayor frecuencia de uso se relaciona también con peor composición corporal, riesgo cardiovascular, peor comportamiento y conducta antisocial, peor condición física y menor autoestima (Carlson et al., 2016).

La limitada evidencia científica encontrada contrasta con las numerosas declaraciones de organizaciones que trabajan con la infancia, empezando por el Comité de Derechos de la infancia de la ONU, que el 8 de abril advertía del grave impacto físico, emocional y psicológico del COVID en situación de confinamiento obligatorio. En su declaración, la ONU emplaza a los estados a tener en cuenta el interés superior del menor para hacer frente, entre otros aspectos, al impacto en su salud.

Algunas organizaciones, como el Consejo General de la Psicología de España ha resaltado posibles beneficios del confinamiento para muchas familias, como la mejora de la relación intrafamiliar, por la oportunidad de compartir tiempo y actividades, para dialogar lejos de los ritmos de la vida cotidianas. Esta “reestructuración de prioridades”, puede dar a la familia el espacio, el tiempo y el protagonismo que se merece

Sin embargo, es necesario hacer referencia a la situación de la infancia más vulnerable, cuya desventaja se acrecienta en las actuales circunstancias: Menores con enfermedades crónicas y/o diversidad funcional, para quienes la asistencia socio-sanitaria y terapéutica ha quedado interrumpida, usuarios del servicio de comedor escolar para quienes constituía su principal comida diaria, aquellos cuyas familias viven en condiciones de hacinamiento o insalubridad, víctimas de malos tratos o abuso que se encuentran ahora sobre-expuestos, migrantes o solicitantes de asilo, institucionalizados en el sistema de protección de menores o pertenecientes a minorías étnicas.

Las recomendaciones de la ONU, van dirigidas a paliar los efectos negativos de las medidas extraordinarias adoptadas por los Estados, a quienes se pide que las restricciones sean proporcionales, mínimas y limitadas en el tiempo. Otras propuestas destacadas son:

  • Tomar medidas específicas para proteger niños en situaciones vulnerables.
  • Tener en cuenta las opiniones de niñas y niños en los procesos de toma de decisiones.
  • Contemplar, al menos, una salida al día al exterior, respetando las medidas de distancia física, y supervisadas, como sucede en España desde el 27 de abril.
  • Garantizar el funcionamiento de los servicios básicos del sistema de protección y a la atención sanitaria, incluidos dispositivos de salud mental, servicios y tratamiento para condiciones preexistentes.
  • Asegurar el acceso a alimentos nutritivos, especialmente en el caso de usuarios de comedor escolar.
  • Evitar que la educación online no aumente las desigualdades ya existentes en el sistema educativo.
  • Difundir información que permita comprender la pandemia y cómo prevenir el contagio en formato y lenguaje amigable para niños y niñas teniendo en cuenta su diversidad cultural o funcional, y la limitación de acceso a Internet.

Organizaciones como la Plataforma de Infancia y Save the Children se han pronunciado en la misma línea. Las estrategias para que las familias manejen mejor los períodos de confinamiento en el hogar y desescalada incluyen:

  1. Información, explicando el significado de COVID-19 y ayudando a comprender las restricciones de salud pública de una manera positiva y apropiada para cada edad, respondiendo a sus preguntas.
  2. Organización, tratando de seguir las rutinas habituales como la hora de acostarse, las salidas y las comidas. Con los centros educativos cerrados, estructurar un programa de actividades de aprendizaje y ejercicio y actividades de relajación o diversión, también en familia.
  3. Alimentación, manteniendo una dieta saludable, aprovechando la situación para promover modelos de hábitos saludables, compartir en familia la preparación de las comidas y comer juntos.
  4. Afrontamiento del estrés, sirviendo de modelo a los y las menores. Mantener un estado de ánimo positivo, practicando la paciencia y la tolerancia. Para ello, pueden ser útiles las técnicas de relajación para reducir el estrés, y evitar el aumento del consumo de alcohol o tabaco.
  5. Paseos y salidas, intentando mantener una actitud positiva, siguiendo las medidas de distanciamiento físico, utilizando estos momentos como fomento de la actividad física y adaptándose a las nuevas formas de relación que se establezcan a partir de ahora.

 


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