Reflexiones desde la trinchera: ciencia y urgencia contra el coronavirus

CRÓNICA

Por: Jesús Rodríguez Baño

 

Los que peinamos canas hemos vivido muchas epidemias. Cuando empezó el sida aprendimos, a fuerza de enfrentarnos a situaciones muy difíciles, a sospechar y tratar infecciones oportunistas de las que apenas habíamos oído hablar, para las que nadie tenía experiencia, y para las que las decisiones no podían basarse en una evidencia escasa o inexistente. Conseguíamos ganar muchas batallas, pero siempre perdíamos la guerra, hasta que llegaron los fármacos antirretrovirales. Hemos asistido a las alertas generadas por la encefalopatía espongiforme bovina en 2000, al SARS, en 2003, a la gripe pandémica en 2009 o a la epidemia de Ébola de 2014. Entre medias, a numerosos brotes más o menos locales o extensos, causados por otros microorganismos de todo tipo (micobacterias, Legionella, Shigella, Listeria…), y a la gran pandemia de bacterias multirresistentes que nos golpea lenta pero inexorablemente desde hace más de 10 años. Siempre que empieza un periodo de vacaciones, bromeamos preguntándonos cuál será el brote que nos impedirá desconectar.

Leíamos lo que había ocurrido en 1918 con la mal llamada gripe española, o con las grandes epidemias de peste en la Edad Media y otras. Aunque comentábamos con cierta frecuencia que existía la amenaza de una gran pandemia, esa que pondría todos patas arriba, debo reconocer que, en el fondo, pensaba que todos los avances de los que disfrutamos nos permitirían controlar la situación. Por eso lo del cuento del pastor mentiroso y el lobo…

Así que yo tardé en ser consciente de que ese coronavirus que había causado un gran brote en China pero que parecía haberse transmitido solo a países limítrofes y de forma limitada, podía ser el causante de la gran pandemia. De hecho, no fui consciente hasta que una tarde de viernes me llamó un amigo italiano para contarme que esa tarde habían ingresado dos pacientes en la UCI, los primeros casos en Italia. Entonces sí: supe que había llegado. Lo que ha venido pasando desde entonces no se nos olvidará nunca.

La sensación más intensa ha sido la de tener que tomar muchas (pero muchas) decisiones trascendentales con un altísimo grado de incertidumbre, con sensación de ir sin red. Algo de esto ya lo vivimos en los primeros años del sida, pero ahora a un ritmo endiabladamente acelerado: no ocurría en meses, sino en horas. Decisiones sobre la organización del hospital, las medidas de protección para nosotros y para las familias de los pacientes, como establecer las sospechas diagnósticas, los tratamientos. Nunca he leído tantos artículos en tan poco tiempo, la mayoría deficientemente escritos o con graves deficiencias metodológicas, no revisados (o poco y mal) por pares, incluso muchos publicados en revistas de gran renombre… buscando respuestas a las múltiples preguntas que no nos dejaban dormir, y la mayoría de las veces para nada. Buceando entre los bulos de las redes sociales para intentar encontrar alguna luz, que pocas veces aparecía. Haciendo teleconferencias con los compañeros de otros hospitales para aprender de todos, para sentirnos acompañados en la duda. Decisiones que no raramente había que cambiar a los pocos días porque la realidad las superaban. Compañeros que enfermaban, pacientes que veíamos agravarse y morir. Cansancio, rabia, responsabilidad y dudas, que no nos podíamos permitir expresar porque éramos, somos, los “expertos”. Compañerismo, trabajo multidisciplinar, horas y horas de trabajo. Muchas lágrimas los primeros días que oíamos los aplausos de nuestros conciudadanos a las 8 de la tarde…

En este corto pero intensísimo camino hemos aprendido mucho de este endiablado virus, que ha puesto en jaque muchos de los conceptos que teníamos. Desde luego, a falta de demostrarlo con datos, tenemos la clara impresión de que hemos aprendido a tratar mucho mejor a los pacientes, gracias no a los resultados de ensayos aleatorizados maravillosamente diseñados y realizados, sino a la experiencia adquirida usando las hipótesis basadas en datos sobre la patogenia de la infección y sus complicaciones: Lo que cualquier defensor de la medicina basada en la evidencia (como, sin excesos y con cierta crítica, soy yo mismo) diría que es un regreso a las cavernas de la medicina precientífica. Sin embargo, la realidad y la necesidad se han impuesto, han exigido la toma de decisiones en el alambre de la incertidumbre y la falta de evidencias. ¿Cuánto ha ayudado que los sanitarios de muchos hospitales de todo el mundo hayamos podido estar comunicados, hayamos podido contarnos nuestras impresiones en las redes y las hayamos sometido al escrutinio de nuestros colegas? ¿Cómo hemos sobrevivido como médicos, si es que lo hemos hecho, a los miles de bulos y de ideas pseudogeniales? Pues no se me ocurre otra respuesta que con el abono de mucha observación clínica, cuidadosa, sobre un campo sembrado de conocimientos básicos sobre las infecciones, la respuesta inmune y las comorbilidades de los pacientes.

Aún nos queda mucho que pelear en esta pandemia. Pero espero que ya hayamos aprendido algunas lecciones para el futuro. La primera, que la medicina del siglo XXI tiene que ser multidisciplinar. La segunda, que tenemos que reflexionar sobre cómo generar conocimiento útil en tiempo real para el abordaje de situaciones que no permiten esperar a los resultados de sesudos estudios clínicos. Y la tercera, entre otras muchas, es que tenemos que prepararnos para la siguiente, que podrá ser el año que viene o dentro de 100 años… el lobo, antes o después, viene.

 

15s comentarios

  1. Muy bien, Jesús. Impecable.
    Me permito añadir la colza que, en sus inicios (mayo 1981) y durante un tiempo, fue de etiología «infecciosa» (el famoso bichito -micoplasma- que se caía de la mesa…). Se nos morían familias de cuatro miembros en un solo día. Sin saber qué era ni qué pasaba.
    Suerte y salud.

    Agustín Muñoz Sanz
    Patología Infecciosa. Universidad de Extremadura, Badajoz.

  2. Excelente reflexión y una crónica que refleja la complejidad y el dramatismo de la situación que estamos viviendo. Generoso por lo sincero en el relato de la incertidumbre y la angustia de tener que hacer el papel de experto (con mucha experiencia, pero no en este virus maldito). Gracias Jesús.

  3. Desde el respeto y admiración que te profeso por tu profesionalidad y capacidad científica unidas a una evidente bondad humana, sabiendo que eres de los pocos que teniendo responsabilidades importantes has reconocido y reconoces que te (nos) equivocaste en la valoración anterior de este sorprendente virus y su comportamiento clínico, te doy la enhorabuena por tu reflexión.

    Yo añadiría una mínima crítica a la gestión política de la pandemia en lo que se refiere a la desprotección sufrida por los sanitarios en su lucha en esas trincheras. Necesitamos algo más que aplausos y mucha menos manipulación mediática difundiendo a “sanitarios cantantes y bailarines” (esta última, se que la compartes)

    1. Gracias. Habrá sin duda un momento para hacer una revisión crítica y exhaustiva de la gestión realizada. Personalmente, no me interesan ni las alabanzas ni las críticas partidistas. Me interesa que, como país, aprendamos para hacerlo mejor la siguiente vez. Los errores, si no se aprende de ellos, son doblemente errores.

  4. Gracias Jesús, me ha emocionado tu artículo por esa humanidad transparente que me ha permitido ponerme en tu lugar, en vuestro lugar. Nos mejoras.

  5. La situación es bastante complicada para todos. Yo estuve enfermo la primera semana antes del confinamiento, tuve todos los sintomas excepto problemas respiratorios (toda una semana). Contacté con mi doctor de cuadro medico y no me pudieron hacer el test, porque el protocolo entonces era diferente. Ahora no sé si realmente lo llegué a tener o no. Pero estuve malisimo

  6. Gracias Jesús por tu reflexión, espero como tu que aprendamos de nuestros errores, y te deseo que sigas en la trinchera mucho tiempo y que sigas bien.

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